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¿Qué Soy?

El sentido supremo de la existencia humana es uno solo: evolución espiritual. Nada es estático, ni el átomo en lo físico ni el Espíritu en lo metafísico. Todo está sumergido en la dinámica del Todo para vivenciarse en evolución sin fin. El Universo entero es energía y se comporta como tal. Toda unidad energética está sometida a la ley del movimiento, por expansión o contracción, por acción o reacción. El movimiento, en sí mismo, implica ciclos y niveles de fuerzas modeladoras, cuya cantidad y calidad de factores valorativos resultantes se expresan en cambio, transformación, evolución.

El Sol, con ser el centro de nuestro sistema planetario, se mueve en un plano galáctico y tiene en sí mismo potencias que modulan o afectan alternativamente las escalas de su propia consistencia resuelta en fuego creador. Las galaxias, siendo poblaciones ingentes de cuerpos celestes, están ceñidas a las leyes de rotación y traslación en dimensiones cósmicas más amplias y complejas. Así mismo, la Tierra, como planeta, como fracción micromillonésima de ese todo universal, independientemente de los movimientos inherentes al circuito solar en el que se contiene, se mueve, en macro, con el Todo, dentro del Todo y por el Todo y, al hacerlo, asimila en su paquete de energías domésticas, aquellas cargas, aparentemente sutiles, pero, en verdad, poderosamente dotadas de magnitudes energéticas capaces de suscitar transformaciones prodigiosas, tanto en lo macro como en lo micro.

¿Y el hombre qué? ¿Será que su consistencia espiritual no está envuelta o influida por las fuerzas portentosas de un Universo en permanente expansión en lo infinito?

No existe basura cósmica. Si existiera, el Universo se destruiría así mismo. Lo que tenemos es un mundo de mundos luminosos que se vivencian por siempre en la dinámica en la que gravitan. Y, dentro de este entramado palpitante de luz en flujo y reflujo por los pliegues y repliegues de miríadas de galaxias insondables, el hombre, dado como chispa excelsa de Dios, representa la partícula más preciosa de la Creación, por cuanto, en Espíritu, está hecho a imagen y semejanza del Padre y, en ello, resulta dotado de la capacidad para incrementar los potenciales de luz viva que la Creación requiere en su constante proceso de acción y reacción dentro del crecimiento sin fin.

 

Así, el hombre, como Espíritu de extracción divina, es luz de calidad astral, y esa sola condición lo coloca muy lejos de ser una cifra vacía dentro de los planes y leyes que dimensionan y rigen el Universo.