inicio
inicio

Artículos

Los Ojos de los Armajes

Señalar, criticar, juzgar, tildar, censurar, condenar, reprobar… acciones que durante siglos han excitado la mentalidad de los hombres, que han causado el derrame de mucha sangre, que han llenado de intriga y desconfianza a quienes han guiado el destino de pueblos enteros; que han generado conspiraciones, excesos, maltratos, resentimientos, movimientos racistas y una serie de discriminaciones en todos los niveles. Estas acciones aun no han perdido vigencia, aun hoy seguimos condenando los defectos y errores del otro, contemplando sus limitaciones, en un plano que parece hundirse en la intolerancia y la incomprensión. A tal punto que nos acostumbramos a ver escombros y tierra sobre tierra donde se oculta oro y diamantes, a ver desiertos y villas de arena donde se extienden cristalinos oasis, a ver oscuridad y penumbra donde titilan estrellas, a ver bruma donde habita la esperanza, a ver suelos resecos e infecundos donde se desborda la vida; nos acostumbramos a ver hombres ambiciosos, crueles y despiadados, hombres imperfectos, donde bulle intensamente la magnificencia del Creador, porque cada uno de esos hombres lleva una chispa radiante en su corazón, cada uno de esos hombres es partícula de Dios. No es una tarea sencilla ver lo es y no lo que parece ser, y más cuando nos acostumbramos a mirar con los ojos físicos y nos olvidamos que para ver el oro y el diamante, para ver los oasis, las estrellas, la esperanza, la plenitud de la vida y la magnificencia de Dios en los rostros de los hombres, es necesario cerrar los ojos de la carne y mirar con los ojos del alma.

Pero cómo mirar con los ojos del alma, no con los del cuerpo; cómo ver la grandeza del espíritu humano y no los defectos de los armajes, cómo centrar nuestra atención en lo sublime, lo divino, lo hermoso de un espíritu y no en lo pesado, lo grosero y lo terco de una materia. Difícil tarea la de ver en el otro a pesar de todos sus vicios y limitaciones un espíritu que al igual que el nuestro busca su evolución, sufre por sus errores y paga de diversas formas las faltas cometidas en sus vidas pasadas. Cómo hacer para ver en el otro, no al enemigo sino al amigo. Para no ver al opresor sino al espíritu cobrador, que sustentado en la Ley de la Causa y el Efecto sólo intenta ajustar las cuentas. Para no ver a la madre, al padre, a los hermanos carnales y a toda la parentela como mis compañeros de hoy, sino como los compañeros de grandes batallas del ayer y de siempre. Para no ver en el criminal, en el ladrón a un hombre despiadado que merece el peor de los castigos humanos e inhumanos, sino ver el espíritu caído que ha olvidado a Dios y que como hijo de Él merece también la oportunidad de limpiarse y de asumir sus faltas a través del sufrimiento de su materia y las penas de su espíritu. Cómo ver en aquel hombre enfermo, no al ser donde recae tonta nuestra lástima y tristeza, sino aquel espíritu encarnado que se está limpiando a través de su dolor y su enfermedad. Cómo ver en aquel indigente, no aquel desperdicio de la sociedad, no aquel resultado de un régimen político y social desigual y corrupto, sino aquel hombre que antes de tomar materia eligió ser indigente para pagar sus faltas, para asumir sus errores a través de la miseria, el hambre y la desolación, que sólo puede sentirse cuando vives y duermes en una calle o en un rincón regido por el frío y la nostalgia.

Pero cómo ver lo verdadero cuando hay tantos factores que entorpecen una buena visibilidad, factores internos como nuestra incapacidad de mirar al otro en dimensión de espejo, en el que se reflejan nuestros propios vicios y limitaciones. Además de los factores externos que constituyen toda la bruma que han desatado sobre la faz de la Tierra las fuerzas involutivas; un manto de mentiras y engaños que ha mantenido a los hombres desconectados de su verdadera misión en este plano terrenal. Y cómo ver en el otro un espíritu y no un cúmulo de defectos si hasta algunas personas todavía hoy niegan la existencia del espíritu? Es difícil ver en el otro una chispa radiante de Dios, algo tan sublime que traspasa el armaje que lo contiene, cuando tus creencias te dicen que sólo eres una masa de huesos, carne y sangre, y que todo terminará con la muerte. Cómo no juzgar, si a pesar de que tú has llevado una vida casta y recta, tus hermanos te han causado tanto daño; cómo no señalar cuando no puedes entender que en el ayer tus errores y desaciertos quizás fueron mucho peor que los de aquellos que hoy reciben todas tus críticas y tus ataques, pues desconoces o niegas la Ley de la Reencarnación.

 

Muchas personas anhelan encontrar una verdad que los lleve a descubrir su verdadero rostro, una verdad que les permita conocer su pasado para no juzgar, para ver en el otro un espíritu que al igual que el suyo se encuentra prisionero en una materia con miles de defectos. Sólo cuando mires atrás, cuando conozcas la historia de tu espíritu, sólo cuando descorras el velo, entenderás que cada espíritu lleva su propio proceso y que no hay que cuestionar, pues cada cual tiene algo que aprender y decide como hacerlo.